VIVITO Y COLEANDO:
Esta sección está destinada a albergar cosas del sentir y del pensar: mis poesías, ensayos, apuntes, notas, trabajos, etc. Y se intenta renovar periódicamente.
  

  Agost 2020

Los cuentos alimentan el alma


Contar cuentos es como dar de comer. El que narra ofrece la mesa, las historias y las palabras. También, a modo de condimentos, su emoción, su voz, sus sentimientos, su experiencia. El que escucha come los manjares ofrecidos. Por el gusto de saborearlos, por curiosear, por soñar, por ampliar su repertorio de relatos y su conocimiento de las personas, de si mismo, de la vida. En definitiva, por alimentar el alma.

Recuerdo con especial calidez algunos cuentos que me contaba mi madre. Siempre con tono de misterio y de asombro, como si no supiéramos las dos de antemano lo que iba a pasar. Con las expresiones muy semejantes, con parecida musicalidad. Apenas con el placer de algún mínimo cambio a modo de sorpresa, de algún suspiro nuevo que enriquecía las historias. Mis cuentos preferidos eran: El hombre del saco, La mano negra, Los tres pelos del diablo y Blancabella. Qué bonita aquella cantinela que se decía cada tanto en esta historia: “¡Blancabella, tiende tu cabellera y me subiré por ella!”. Había otros cuentos que también me gustaban o me asustaban, como uno en el que salía un hacha que colgaba en el patio de una casa amenazando con caer a lo largo de todo el cuento.

Mi padre me explicaba historietas de su vida, andanzas de niñez y juventud. Algunas hasta podría recitarlas ahora con sus mismas palabras, tan escuchadas y disfrutadas. También me leía un libro: “Canciones de mi abuelita”, que contenía un pequeño xilófono para acompañar canciones cuyas letras figuraban escritas y con unas preciosas ilustraciones. Por supuesto las cantábamos con entusiasmo.

Otra de nuestras diversiones en torno a los libros era leer a dúo los poemas de “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”. Ahí mi padre se entregaba a fondo, poniéndole teatralidad a cada poesía con su entonada voz de barítono: Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no surca el mar, sino vuela, un velero bergantín. ¡Qué bien lo pasábamos! De tanto repetirlas y dramatizarlas las memorizábamos los dos, y luego nos servían para hacer bromas, para entretenernos en los viajes, para jugar o inventar. Cuando me veía seria me recitaba: La princesa está triste, qué tendrá la princesa, los suspiros se escapan de su boca de fresa... Y cuando me veía alegre me decía: Moça tan fermosa non vi en la frontera, que aquesta vaquera de la Finojosa. Estas cosas nunca se olvidan.

Creo que estas primeras experiencias literarias compartidas en la casa de mis padres marcaron profundamente mi afición a las palabras, a las lecturas, a los relatos. Desde que me reconozco, he disfrutado escuchando cuentos, leyéndoselos a los niños, narrando experiencias y anécdotas a los mayores, contando... Me encanta el clima que se genera en el acto de narrar, las expresiones soñadoras en los ojos, el silencio, el suspense y también las emociones que convocan en cada cual las historias con sus subidas y bajadas, sus ilusiones, sus sorpresas, sus miedos y sus finales más o menos felices.

Me gustan los cuentos de antes y los de ahora. Los ilustrados y los que están sin ilustrar. Los cortos y los largos. Los conocidos y los desconocidos. Los que son para niños y los que son para mayores. Los que están en los libros, los que yo misma invento y los que se inventan los niños. Me gustan los cuentos en forma de tebeo, de chiste, de “batallita” familiar, de película, de “chisme”, de teatro, de cuadro, de escultura, de poema.

Me gustan los cuentos por sus tiempos y sus “destiempos”, por esa irrealidad provocadora que invita a imaginar y a soñar, por ese desear ser como alguno de los personajes, por ese sentirme en conexión con otras personas, por ese reconocer en lo que otros sienten, mi propio sentir. Y es que las personas necesitamos las historias para conocernos y acercarnos los unos a los otros.

Así que durante años he contado cuentos, y los sigo contando. A mis hijos, a mis nietos, a mis alumnos, a los niños y niñas del pueblo al que vamos a descansar y también a muchos maestros y maestras que han querido escuchar mis experiencias y reflexiones pedagógicas de maestra con deseos de cambio.

En los cuentos hay variantes y repeticiones, bondades y maldades, presencias y ausencias, miedos y envidias, alegrías y penas, vida y muerte, guerra y amor. Italo Calvino decía que los cuentos contienen todo un catálogo de comportamientos humanos y que si un niño escucha muchos cuentos, se puede hacer una idea de las situaciones en las que se puede ver a lo largo de su vida. Haceres humanos de tiempo atrás, y de más atrás, que hablan de lo que nos conmueve a las personas, de los sentimientos, de las relaciones, de la incertidumbre. Es decir, de lo universal en lo que coincidimos y de lo particular en lo que nos diferenciamos.

En este tiempo de semiencierro los cuentos pueden ayudarnos a escapar, a soñar, a jugar, a volar. Pueden tejer vínculos nuevos con nuestros niños y pueden llevarnos de la mano a un mundo donde no haya virus, o donde podamos vencerlos con un soplido dado desde la valentía, el tesón y la esperanza.